No sé cuándo fue mi primera decepción con los medios. La primera con los políticos fue durante la segunda legislatura del ex presidente Aznar, pero no creo que eso extrañe a nadie dado el ambiente que se respiraba entonces. El caso es que desde que recuerdo haber dejado de mirarme tanto el ombligo para preocuparme un poco por lo que pasaba a mi alrededor, medios y políticos me tienen profundamente decepcionada
Aun así, sigo votando. Aun así, sigo estudiando periodismo.
Sobre este segundo punto debo confesar que he llegado incluso a plantearme cambiar de carrera. Coincidieron un momento académicamente difícil, la falta de confianza en mí misma y la creciente sensación de que, tal y como están ahora las cosas en los medios de comunicación, me iba a ser imposible hacer el tipo de periodismo que quiero.
No quiero que me obliguen bajar el tono o que no pueda informar de algo porque no coincide con la línea editorial.
No quiero que me metan prisa y tenga que publicar una chapuza que sea un compuesto de noticias de agencias.
No quiero acudir a ruedas de prensa sin preguntas.
No quiero que las noticias más interesantes para el público sean las de sucesos o las que den pie a un tratamiento alarmista o sensacionalista, sin profundizar en las causas, en lo realmente importante más allá de la sangre, el morbo y el pánico colectivo.
A lo mejor algunas cosas desde dentro no están tan mal. A lo mejor otras están peor de lo que me temo. Pero está claro que mi problema no es una crisis de vocación, sino toparme, aunque sea de lejos y por experiencia de terceros, con la cruda realidad.
Hace unos meses, el continuo bombardeo de noticias sobre la gripe H1N1 llegó a crear un miedo que sólo hasta hace unas semanas no ha empezado a apaciguarse. Ahora, por poner otros ejemplos, en la agenda mediática están, por un lado, el conflicto entre el PSOE y el diario El País (y aquí no te puedes fiar del resto de diarios tampoco porque son competidores), y por otro, el tema de moda de la semana: lo perdida que está la nueva generación de niños y adolescentes (como si eso fuera una novedad: pasa en todas las generaciones), entre los que pegan a sus padres y sus compañeros, fracasan en el colegio, hacen botellón...
¿Por qué demonios no me habré metido a notaria o a fontanera, o a limpiar pisos? ¿Por qué me tengo que meter en este embrollo del periodismo?
Debo de estar loca perdida.
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