En una entrevista para el ABC.es, Alfred Hermida, exreportero de la BBC y fundador de BBCNews.com, defiende el uso de Twitter en el periodismo como una herramienta para interactuar con los lectores.
Twitter, la herramienta de microblogging, es percibido para unos periodistas como una amenaza y, para otros, como una forma nueva de concebir el periodismo. Como bien observa Hermina, los detractores se justifican en el hecho (comprobado a través de un estudio que tuvo bastante eco en los medios el pasado agosto) de que muchos de los mensajes no tienen ningún valor periodístico y no pasan de la mera anécdota personal. Sin embargo, para él, la utilidad de Twitter en el periodismo no radica tanto en su contenido como en la posibilidad de utilizarlo para interactuar con los lectores.
Muchos medios de comunicación no acaban de aprovechar las posibilidades de las redes sociales y otras herramientas que permiten la participación del público. Tienen cuentas en Twitter, permiten comentarios en sus noticias, piden colaboración para obtener imágenes de determinadas noticias… pero ya está. Los medios pretenden seguir ejerciendo cierta autoridad en la gestión de información, cuando en realidad hace mucho tiempo que se duda de su credibilidad.
Una forma de resolver esto, como también señala Hermida en la entrevista, es la transparencia, que sólo se consigue cuando se establece un diálogo entre los periodistas y su audiencia. No sólo se trata sólo de conseguir fuentes e información, sino implicar al público en su elaboración, explicar a qué se deben determinadas decisiones, seguir debatiendo y profundizando sobre el tema a través de los comentarios…
En este sentido, Twitter no sólo ofrece una vía de comunicación más en la Red, sino también para tomar el pulso a algún tema en concreto. Utilizarlo es una opción, pero parte de la opinión del público, a quien se supone que sirve el periodista, está ahí.
29 de septiembre de 2009
Twitter: apostar por el periodismo participativo
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26 de septiembre de 2009
Debo de estar loca perdida
No sé cuándo fue mi primera decepción con los medios. La primera con los políticos fue durante la segunda legislatura del ex presidente Aznar, pero no creo que eso extrañe a nadie dado el ambiente que se respiraba entonces. El caso es que desde que recuerdo haber dejado de mirarme tanto el ombligo para preocuparme un poco por lo que pasaba a mi alrededor, medios y políticos me tienen profundamente decepcionada
Aun así, sigo votando. Aun así, sigo estudiando periodismo.
Sobre este segundo punto debo confesar que he llegado incluso a plantearme cambiar de carrera. Coincidieron un momento académicamente difícil, la falta de confianza en mí misma y la creciente sensación de que, tal y como están ahora las cosas en los medios de comunicación, me iba a ser imposible hacer el tipo de periodismo que quiero.
No quiero que me obliguen bajar el tono o que no pueda informar de algo porque no coincide con la línea editorial.
No quiero que me metan prisa y tenga que publicar una chapuza que sea un compuesto de noticias de agencias.
No quiero acudir a ruedas de prensa sin preguntas.
No quiero que las noticias más interesantes para el público sean las de sucesos o las que den pie a un tratamiento alarmista o sensacionalista, sin profundizar en las causas, en lo realmente importante más allá de la sangre, el morbo y el pánico colectivo.
A lo mejor algunas cosas desde dentro no están tan mal. A lo mejor otras están peor de lo que me temo. Pero está claro que mi problema no es una crisis de vocación, sino toparme, aunque sea de lejos y por experiencia de terceros, con la cruda realidad.
Hace unos meses, el continuo bombardeo de noticias sobre la gripe H1N1 llegó a crear un miedo que sólo hasta hace unas semanas no ha empezado a apaciguarse. Ahora, por poner otros ejemplos, en la agenda mediática están, por un lado, el conflicto entre el PSOE y el diario El País (y aquí no te puedes fiar del resto de diarios tampoco porque son competidores), y por otro, el tema de moda de la semana: lo perdida que está la nueva generación de niños y adolescentes (como si eso fuera una novedad: pasa en todas las generaciones), entre los que pegan a sus padres y sus compañeros, fracasan en el colegio, hacen botellón...
¿Por qué demonios no me habré metido a notaria o a fontanera, o a limpiar pisos? ¿Por qué me tengo que meter en este embrollo del periodismo?
Debo de estar loca perdida.
Aun así, sigo votando. Aun así, sigo estudiando periodismo.
Sobre este segundo punto debo confesar que he llegado incluso a plantearme cambiar de carrera. Coincidieron un momento académicamente difícil, la falta de confianza en mí misma y la creciente sensación de que, tal y como están ahora las cosas en los medios de comunicación, me iba a ser imposible hacer el tipo de periodismo que quiero.
No quiero que me obliguen bajar el tono o que no pueda informar de algo porque no coincide con la línea editorial.
No quiero que me metan prisa y tenga que publicar una chapuza que sea un compuesto de noticias de agencias.
No quiero acudir a ruedas de prensa sin preguntas.
No quiero que las noticias más interesantes para el público sean las de sucesos o las que den pie a un tratamiento alarmista o sensacionalista, sin profundizar en las causas, en lo realmente importante más allá de la sangre, el morbo y el pánico colectivo.
A lo mejor algunas cosas desde dentro no están tan mal. A lo mejor otras están peor de lo que me temo. Pero está claro que mi problema no es una crisis de vocación, sino toparme, aunque sea de lejos y por experiencia de terceros, con la cruda realidad.
Hace unos meses, el continuo bombardeo de noticias sobre la gripe H1N1 llegó a crear un miedo que sólo hasta hace unas semanas no ha empezado a apaciguarse. Ahora, por poner otros ejemplos, en la agenda mediática están, por un lado, el conflicto entre el PSOE y el diario El País (y aquí no te puedes fiar del resto de diarios tampoco porque son competidores), y por otro, el tema de moda de la semana: lo perdida que está la nueva generación de niños y adolescentes (como si eso fuera una novedad: pasa en todas las generaciones), entre los que pegan a sus padres y sus compañeros, fracasan en el colegio, hacen botellón...
¿Por qué demonios no me habré metido a notaria o a fontanera, o a limpiar pisos? ¿Por qué me tengo que meter en este embrollo del periodismo?
Debo de estar loca perdida.